domingo, 9 de diciembre de 2018

Sobre la memoria (olvido) como estructuradora de la realidad: representación mediante los casos extremos de Funes, el memorioso y Memento Por Jhoan Francesco Oyarce Cárdenas


Sobre la memoria (olvido) como estructuradora de la realidad: representación mediante los casos extremos de Funes, el memorioso y Memento
Jhoan Francesco Oyarce Cárdenas
Facultad de Psicología
Correo: jhoan.oyarce@unmsm.edu.pe
No hay ninguna imposibilidad lógica en la idea de que el mundo haya aparecido hace cinco minutos, exactamente como está y con una población que "recuerde" un pasado completamente irreal. No hay ninguna conexión lógica necesaria entre sucesos y tiempos diferentes; así que nada de lo que pase ahora o pueda pasar en el futuro puede invalidar la idea de que el universo haya sido creado hace cinco minutos.
-Bertrand Russell


En este conciso artículo se tratará de dar una reflexión sobre la memoria mediante la polarización de dos de sus alteraciones: la hipermnesia (exaltación morbosa del recuerdo) y la amnesia anterógrada (incapacidad para generar nuevos recuerdos). Estos dos casos estarán representados por Funes, el memorioso y Memento, manifestaciones artísticas que cuentan, cada uno, con personajes que sufren de las dos alteraciones.
Debido a la condición ficticia de Funes, el memorioso, esta obra se va a comparar con un hecho real y con una respectiva revisión científica; por otro lado, Memento, al tener su centro psicológico ya comprobado, no contará con el primer acto del cuento borgiano.

El de la memoria de desechos
La infinitud en lo humano es una de las concepciones borgianas que más interés despierta en sus lectores, entre las cuales deriva el de la memoria ilimitada (o extremadamente detallista) representada en Funes, el memorioso. Ireneo Funes, el precursor del superhombre (o más bien del infrahombre), fue, según el cuento de Borges, un joven que debido a un accidente obtuvo una memoria (aunque el adjetivo quede menguado frente a lo que fue) prodigiosa. "Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez […]" (Borges, 1944, p. 123).
La particularidad de su memoria estuvo acompañada de elementos que, aunque triviales, tenían la misma esencia. La abrumadora mente de Funes había, en una oportunidad, creado un nuevo sistema de numeración donde “cada palabra tenía un signo particular”; por ejemplo, cúpula equivalía al oriental 96; Los advenimientos del heresiarca, a 4903; Ernesto Bernaola, a 2495. Además, se rehusaba a comprender el mundo como una estancia de generalizaciones, no solo las que comprendían las categorías simbólicas, sino también las espaciotemporales. En otras palabras, para él era de increíble comprensión que “el símbolo perro genérico abarcara tantos individuos dispares […]; le molestaba que el perro de las trece y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)” (Borges, 1944, p. 125).
Verosímilmente uno podría creer que contar con una memoria ilimitada es propio de una condición loable, pero poco o nada de esto es cierto. El autor concluye con una reflexión digna de su genio: Funes, a pesar de tener el don de la memoria inagotable, era incapaz de pensar, ya que para poder realizar esta acción es necesario “olvidar diferencias, generalizar, abstraer”. En la mente del memorioso, “no había sino detalles, casi inmediatos”.
Lo anterior no hubiera permanecido en otro ámbito que no fuese la ficción si, medularmente, no hubiesen existido dos acontecimientos importantes: los estudios que Alexander Luria, casi paralelamente a la publicación del cuento, realizó sobre el mnemonista Salomón Shereshevski y, otra, las conclusiones a las que llegó el neurocientífico Quian Quiroga sobre una neurona encargada de la abstracción de conceptos.

De la ficción a la ciencia: el caso de “S” y la neurona del olvido.
A inicios de este milenio, el neurocientífico argentino Q. Quiroga no pudo evitar recordar la obra de Borges después de haber descubierto la neurona que él llamó Jennifer Aniston. Se trataba, en realidad, de neuronas ubicadas en el hipocampo cuyo papel era el de codificar conceptos. Este tipo de neuronas son las responsables de olvidar los detalles, generalizar y abstraer los conceptos. Sin estas cualidades uno no podría pensar. Cuando a penas llegó a esta conclusión, se sorprendió que Borges, hace casi 70 años, concluyera (sin ser neurocientífico) con lo mismo (Quiroga, 2011). 
Hacia finales de la década segunda del siglo pasado, en Rusia, impactó un joven ruso con cualidades similares a las de Funes, llamado Salomón Shereshevski (denominado “S” por su investigador). Después de un enfrentamiento que tuvo con el jefe de la revista donde trabajaba por no haber anotado ninguna de las tareas que le mencionó, “S” fue contactado con el neuropsicólogo Alexander Luria. Este destacó, a través de distintas pruebas, la hipermnesia que tenía. Además, esta estaba acompañada de una sinestesia que lo ayudaba al momento de recordar información, pero lo perjudicaba en cualquier acción que no fuese la anterior. “En una ocasión quise comprar un helado. Me acerqué al vendedor y le pregunté qué sabores tenían. Helado de frutas, me dijo. Sin embargo, a mi mente llegaron visiones de tonos carbón, cenizas… y no me atreví a comprar ningún helado” (Ron, Artime y Peláez, 2010, p. 2).
A pesar de todo, de poder recordar, después de 15 años, cada detalle de la primera entrevista que tuvo con Luria y de poder repetir cada prueba que le había asignado su investigador, Shereshevski fue incapaz de llevar una vida normal. Su extraordinaria memoria siempre le jugó en contra. Falló como músico, como periodista y, finalmente, se cansó de su experiencia como mnemonista.
“S” murió en 1958. Las limitaciones que su condición le causó no son sino compartidas con las que el tullido Funes padeció. Es por esto que lo que en las inmediatas líneas mencionaré no solo tendrá la funesta imagen del ficticio, sino también la del ruso.


La tragedia del recuerdo milimétrico
Como ya se mencionó, Funes era incapaz de pensar. Es irónico cómo una persona que pudo ser considerada una joya de la humanidad (aunque ficticia) terminase siendo simplemente desgraciada.
Con la incapacidad de solo poder percibir imágenes y vivir las sensaciones pasadas, Ireneo no pudo gozar de una creatividad proporcional a la grandeza de su memoria. No pudo contemplar lo que Chopin al componer su serie de nocturnos, lo que Cortázar con La noche boca arriba o lo que Tesla al inventar la corriente alterna. Y aunque no pudiese con su creatividad crear elementos dignos de insistente contemplación, las imágenes que generaba su recuerdo eran aún más detalladas que las obras mencionadas.
No le era fácil tener una estancia en la realidad, la atormentada presencia de los eternos recuerdos podía ser para Funes una suerte de submundo (un escenario distinto al que el común presencia). La exactitud y realismo de sus recuerdos eran mucho más nítidos que el vivir más claro de cualquier persona.
Así mismo, y derivando de su imposibilidad de comprender las generalizaciones, Funes era incapaz de poseer una identidad, porque de alguna manera esta está ligada al olvido, a una omisión de las variaciones. Él no podía percibirse como un solo ente, sino como muchos en una continuidad infinita, en la que cada Funes era distinto a otro de algún momento distinto (Ezquerra, 2011, p. 130).

El tiempo interrumpido del que no podía recordar
En el otro polo, tenemos un filme del año 2000 titulado Memento. En esta película, el protagonista, llamado Leonard Shelby (o Lenny), es un ex investigador que busca asesinar a “John G.” (o también “Jimmy G.”), el responsable de la violación y muerte de su esposa y de la amnesia anterógrada (lo que no le permite generar nuevos recuerdos después del accidente) que sufre. Esta le establece ciertos impedimentos, por lo que crea un sistema de tatuajes y fotos con descripciones para poder tener siempre presente las pistas que lo llevarán al paradero del causante de su infortunio. Tiene tatuado en una mano la frase “recuerda a Sammy Jankis”, otra persona que también tuvo la misma condición y a la que no creyó Lenny cuando este trabajaba para una aseguradora.
Hasta ahora se muestra a Lenny como un personaje noble, que busca vengar la muerte de su esposa sin importarle el hecho de que él no podrá recordarlo. Como el mismo personaje menciona: Mi mujer merece venganza, no cambia nada que yo no lo sepa. Solo que yo no recuerde ciertas cosas, no quita sentido a mis actos. El mundo no desaparece cuando cierras los ojos(Nolan, 2000).
Quizá lo más trágico es esa especie de atemporalidad de la conciencia en la que Shelby estaba inmerso. El tiempo para Leonard no transcurría debido a la perpetua deriva temporal que ocasionó su limitada memoria. Estaría condenado a solo vivir cortos momentos que en un tiempo inmediato olvidará.
Pero lo realmente interesante no se muestra sino hasta la reflexión que proporciona el final (cronológicamente, principios) del filme. Es aquí donde descubrimos que Lenny, después de haber matado a un tal Jimmy Grants (pensando que era al que buscaba), en realidad, ya había matado hace mucho tiempo al verdadero asesino. Incluso había sido responsable del fenecimiento de otras personas que compartían el mismo patrón de “John o Jimmy G.”. Resulta que Teddy (que en realidad se llamaba John Gammell), un policía que había ayudado a Leonard a encontrar al asesino, lo había estado manipulando. Y este, en un momento de revelación, le cuenta todo a nuestro protagonista (sabiendo que lo olvidaría).
Lenny hizo los arreglos suficientes dentro de su “sistema de memoria” para que tarde o temprano llegase a la conclusión de que Teddy es al que buscaba. Es así como se desvirtúa la imagen que se había formado de Lenny. El que en un inicio fue el vengador romántico, resultó ser el mayor egoísta. ¿Pero qué tan comprensible es esta situación?
Lo único que hizo fue darle sentido a su existir, algo por lo que podría ser. Para romper con la posibilidad del estancamiento que le causaría su atemporalidad si no tuviese un motivo en su vida. Una mentira que, gracias a su condición, pudo ir estructurándose en su mente como algo más que una verdad, como un mayúsculo impulsor de cada presente encarcelado de su realidad (Muñoz, 2008, pp. 5-6)
Esto hace pensar, también, sobre la idea del yo y de la realidad que nos formamos a partir de los recuerdos. Somos, en algún sentido, nuestros recuerdos. Pues, dependemos de esa fuente de lo pasado, sin ella no podríamos definirnos ni definir las cosas como son. Sino solo seríamos un ente plano cuya percepción de lo exterior se desvanecería en el olvido constante, un errante eterno que en cada presente no consigue comprender lo que es o en lo que se ha convertido.

Vivir con poca o demasiada memoria
Sumariamente, hemos visto (mediante el desarrollo de sus alteraciones contrarias) la importancia de la memoria en la cotidianidad de nuestra vida. El tener una excesiva capacidad de recuerdo no nos causaría otra cosa que no fuesen problemas cognitivos, como el no poder pensar, el no poder desarrollar una creatividad mayor y, por lo tanto, un papel relevante (y positivo) en la historia; tampoco podríamos concebirnos como un ser progresivo, un ser con identidad. En el caso contrario, la escasez de memoria nos haría existir con un papel indeterminado en la vida.

Referencias
Borges, J., (1944). Ficciones. España, Madrid: EPENSA.
Ezquerra, J., (2011). Clínica y ficción: Borges y Luria acerca de la hipermnesia. Recuperado de: https://www.borges.pitt.edu/sites/default/files/Ezquerra.pdf
Muñoz, A., (2008). Cine y memoria: la huella de Nietzsche en Memento. Recuperado de: http://cfj.filosofia.net/2008/textos/cine_y_memoria.pdf
Peláez, J., Ron, A., y Artime, M., (2010). El hombre con más memoria. Recuperado de: www.extensionuned.es/archivos_publicos/webex_actividades/4994/neuroelhombreconmasmemoria.pdf
Quiroga, Q., (2011). Borges y la memoria. España: Sudamericana.
Todd, J., Todd, S. (productores) y Nolan, C. (director). (2000). Memento [Cinta cinematográfica]. EU.: Newmarket Films Team Todd.


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