Sobre la
memoria (olvido) como estructuradora de la realidad: representación mediante
los casos extremos de Funes, el memorioso
y Memento
Jhoan Francesco Oyarce Cárdenas
Facultad de Psicología
Correo: jhoan.oyarce@unmsm.edu.pe
No hay ninguna imposibilidad lógica en la idea de que
el mundo haya aparecido hace cinco minutos, exactamente como está y con una
población que "recuerde" un pasado completamente irreal. No hay
ninguna conexión lógica necesaria entre sucesos y tiempos diferentes; así que
nada de lo que pase ahora o pueda pasar en el futuro puede invalidar la idea de
que el universo haya sido creado hace cinco minutos.
-Bertrand Russell
En
este conciso artículo se tratará de dar una reflexión sobre la memoria mediante
la polarización de dos de sus alteraciones: la hipermnesia (exaltación morbosa
del recuerdo) y la amnesia anterógrada (incapacidad para generar nuevos
recuerdos). Estos dos casos estarán representados por Funes, el memorioso y Memento,
manifestaciones artísticas que cuentan, cada uno, con personajes que sufren de
las dos alteraciones.
Debido
a la condición ficticia de Funes, el
memorioso, esta obra se va a comparar con un hecho real y con una
respectiva revisión científica; por otro lado, Memento, al tener su centro psicológico ya comprobado, no contará
con el primer acto del cuento borgiano.
El de la memoria de desechos
La infinitud en lo
humano es una de las concepciones borgianas que más interés despierta en sus
lectores, entre las cuales deriva el de la memoria ilimitada (o extremadamente
detallista) representada en Funes, el
memorioso. Ireneo Funes, el precursor del superhombre (o más bien del infrahombre), fue, según el cuento de
Borges, un joven que debido a un accidente obtuvo una memoria (aunque el
adjetivo quede menguado frente a lo que fue) prodigiosa. "Sabía las formas
de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas
en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había
mirado una vez […]" (Borges, 1944, p. 123).
La particularidad de
su memoria estuvo acompañada de elementos que, aunque triviales, tenían la
misma esencia. La abrumadora mente de Funes había, en una oportunidad, creado un
nuevo sistema de numeración donde “cada palabra tenía un signo particular”; por
ejemplo, cúpula equivalía al oriental
96; Los advenimientos del heresiarca, a
4903; Ernesto Bernaola, a 2495.
Además, se rehusaba a comprender el mundo como una estancia de
generalizaciones, no solo las que comprendían las categorías simbólicas, sino también
las espaciotemporales. En otras palabras, para él era de increíble comprensión
que “el símbolo perro genérico
abarcara tantos individuos dispares […]; le molestaba que el perro de las trece
y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y
cuarto (visto de frente)” (Borges, 1944, p. 125).
Verosímilmente uno
podría creer que contar con una memoria ilimitada es propio de una condición
loable, pero poco o nada de esto es cierto. El autor concluye con una reflexión
digna de su genio: Funes, a pesar de tener el don de la memoria inagotable, era
incapaz de pensar, ya que para poder realizar esta acción es necesario “olvidar
diferencias, generalizar, abstraer”. En la mente del memorioso, “no había sino
detalles, casi inmediatos”.
Lo anterior no hubiera
permanecido en otro ámbito que no fuese la ficción si, medularmente, no
hubiesen existido dos acontecimientos importantes: los estudios que Alexander
Luria, casi paralelamente a la publicación del cuento, realizó sobre el mnemonista
Salomón Shereshevski y, otra, las conclusiones a las que llegó el
neurocientífico Quian Quiroga sobre una neurona encargada de la abstracción de
conceptos.
De la ficción a la ciencia: el caso de “S” y la
neurona del olvido.
A inicios de este milenio,
el neurocientífico argentino Q. Quiroga no pudo evitar recordar la obra de
Borges después de haber descubierto la neurona que él llamó Jennifer Aniston.
Se trataba, en realidad, de neuronas ubicadas en el hipocampo cuyo papel era el
de codificar conceptos. Este tipo de neuronas son las responsables de olvidar
los detalles, generalizar y abstraer los conceptos. Sin estas cualidades uno no
podría pensar. Cuando a penas llegó a esta conclusión, se sorprendió que
Borges, hace casi 70 años, concluyera (sin ser neurocientífico) con lo mismo
(Quiroga, 2011).
Hacia finales de la
década segunda del siglo pasado, en Rusia, impactó un joven ruso con cualidades
similares a las de Funes, llamado Salomón Shereshevski (denominado “S” por su investigador).
Después de un enfrentamiento que tuvo con el jefe de la revista donde trabajaba
por no haber anotado ninguna de las tareas que le mencionó, “S” fue contactado
con el neuropsicólogo Alexander Luria. Este destacó, a través de distintas
pruebas, la hipermnesia que tenía. Además, esta estaba acompañada de una
sinestesia que lo ayudaba al momento de recordar información, pero lo
perjudicaba en cualquier acción que no fuese la anterior. “En
una ocasión quise comprar un helado. Me acerqué al vendedor y le pregunté qué
sabores tenían. Helado de frutas, me dijo. Sin embargo, a mi mente llegaron
visiones de tonos carbón, cenizas… y no me atreví a comprar ningún helado” (Ron, Artime y Peláez, 2010, p. 2).
A pesar de todo, de
poder recordar, después de 15 años, cada detalle de la primera entrevista que
tuvo con Luria y de poder repetir cada prueba que le había asignado su
investigador, Shereshevski fue incapaz de llevar una vida normal. Su
extraordinaria memoria siempre le jugó en contra. Falló como músico, como
periodista y, finalmente, se cansó de su experiencia como mnemonista.
“S” murió en 1958. Las
limitaciones que su condición le causó no son sino compartidas con las que el
tullido Funes padeció. Es por esto que lo que en las inmediatas líneas
mencionaré no solo tendrá la funesta imagen del ficticio, sino también la del
ruso.
La tragedia del recuerdo milimétrico
Como ya se mencionó, Funes era incapaz de pensar. Es irónico cómo una
persona que pudo ser considerada una joya de la humanidad (aunque ficticia)
terminase siendo simplemente desgraciada.
Con la incapacidad de solo poder percibir imágenes y vivir las
sensaciones pasadas, Ireneo no pudo gozar de una creatividad proporcional a la
grandeza de su memoria. No pudo contemplar lo que Chopin al componer su serie
de nocturnos, lo que Cortázar con La noche
boca arriba o lo que Tesla al inventar la corriente alterna. Y aunque no
pudiese con su creatividad crear elementos dignos de insistente contemplación,
las imágenes que generaba su recuerdo eran aún más detalladas que las obras
mencionadas.
No le era fácil tener una estancia en la realidad, la atormentada
presencia de los eternos recuerdos podía ser para Funes una suerte de submundo
(un escenario distinto al que el común presencia). La exactitud y realismo de
sus recuerdos eran mucho más nítidos que el vivir más claro de cualquier
persona.
Así mismo, y derivando de su imposibilidad de comprender las
generalizaciones, Funes era incapaz de poseer una identidad, porque de alguna
manera esta está ligada al olvido, a una omisión de las variaciones. Él no
podía percibirse como un solo ente, sino como muchos en una continuidad
infinita, en la que cada Funes era distinto a otro de algún momento distinto
(Ezquerra, 2011, p. 130).
El tiempo interrumpido del que no podía recordar
En el otro polo,
tenemos un filme del año 2000 titulado Memento. En esta película, el
protagonista, llamado Leonard Shelby (o Lenny), es un ex investigador que busca
asesinar a “John G.” (o también “Jimmy G.”), el responsable de la violación y
muerte de su esposa y de la amnesia anterógrada (lo que no le permite generar
nuevos recuerdos después del accidente) que sufre. Esta le establece ciertos
impedimentos, por lo que crea un sistema de tatuajes y fotos con descripciones
para poder tener siempre presente las pistas que lo llevarán al paradero del
causante de su infortunio. Tiene tatuado en una mano la frase “recuerda a Sammy
Jankis”, otra persona que también tuvo la misma condición y a la que no creyó
Lenny cuando este trabajaba para una aseguradora.
Hasta ahora se muestra
a Lenny como un personaje noble, que busca vengar la muerte de su esposa sin
importarle el hecho de que él no podrá recordarlo. Como el mismo personaje
menciona: “Mi mujer merece venganza,
no cambia nada que yo no lo sepa. Solo que yo no recuerde ciertas cosas, no
quita sentido a mis actos. El mundo no desaparece cuando cierras los ojos” (Nolan,
2000).
Quizá lo más trágico
es esa especie de atemporalidad de la conciencia en la que Shelby estaba
inmerso. El tiempo para Leonard no transcurría debido a la perpetua deriva
temporal que ocasionó su limitada memoria. Estaría condenado a solo vivir
cortos momentos que en un tiempo inmediato olvidará.
Pero lo realmente
interesante no se muestra sino hasta la reflexión que proporciona el final (cronológicamente,
principios) del filme. Es aquí donde descubrimos que Lenny, después de haber
matado a un tal Jimmy Grants (pensando que era al que buscaba), en realidad, ya
había matado hace mucho tiempo al verdadero asesino. Incluso había sido
responsable del fenecimiento de otras personas que compartían el mismo patrón
de “John o Jimmy G.”. Resulta que Teddy (que en realidad se llamaba John Gammell),
un policía que había ayudado a Leonard a encontrar al asesino, lo había estado
manipulando. Y este, en un momento de revelación, le cuenta todo a nuestro
protagonista (sabiendo que lo olvidaría).
Lenny hizo los
arreglos suficientes dentro de su “sistema de memoria” para que tarde o
temprano llegase a la conclusión de que Teddy es al que buscaba. Es así como se
desvirtúa la imagen que se había formado de Lenny. El que en un inicio fue el
vengador romántico, resultó ser el mayor egoísta. ¿Pero qué tan comprensible es
esta situación?
Lo único que hizo fue
darle sentido a su existir, algo por lo que podría ser. Para romper con la posibilidad del estancamiento que le
causaría su atemporalidad si no tuviese un motivo en su vida. Una mentira que,
gracias a su condición, pudo ir estructurándose en su mente como algo más que
una verdad, como un mayúsculo impulsor de cada presente encarcelado de su
realidad (Muñoz, 2008, pp. 5-6)
Esto hace pensar,
también, sobre la idea del yo y de la realidad que nos formamos a partir de los
recuerdos. Somos, en algún sentido, nuestros recuerdos. Pues, dependemos de esa
fuente de lo pasado, sin ella no podríamos definirnos ni definir las cosas como
son. Sino solo seríamos un ente plano cuya percepción de lo exterior se
desvanecería en el olvido constante, un errante eterno que en cada presente no
consigue comprender lo que es o en lo que se ha convertido.
Vivir con poca o demasiada memoria
Sumariamente, hemos
visto (mediante el desarrollo de sus alteraciones contrarias) la importancia de
la memoria en la cotidianidad de nuestra vida. El tener una excesiva capacidad
de recuerdo no nos causaría otra cosa que no fuesen problemas cognitivos, como
el no poder pensar, el no poder desarrollar una creatividad mayor y, por lo
tanto, un papel relevante (y positivo) en la historia; tampoco podríamos
concebirnos como un ser progresivo, un ser con identidad. En el caso contrario,
la escasez de memoria nos haría existir con un papel indeterminado en la vida.
Referencias
Borges,
J., (1944). Ficciones. España,
Madrid: EPENSA.
Ezquerra,
J., (2011). Clínica y ficción: Borges y
Luria acerca de la hipermnesia. Recuperado de: https://www.borges.pitt.edu/sites/default/files/Ezquerra.pdf
Muñoz,
A., (2008). Cine y memoria: la huella de
Nietzsche en Memento. Recuperado de: http://cfj.filosofia.net/2008/textos/cine_y_memoria.pdf
Peláez,
J., Ron, A., y Artime, M., (2010). El
hombre con más memoria. Recuperado de: www.extensionuned.es/archivos_publicos/webex_actividades/4994/neuroelhombreconmasmemoria.pdf
Quiroga,
Q., (2011). Borges y la memoria. España:
Sudamericana.
Todd,
J., Todd, S. (productores) y Nolan, C. (director). (2000). Memento [Cinta cinematográfica]. EU.: Newmarket Films Team Todd.
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